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lunes, 2 de diciembre de 2019

Oportunidades desperdiciadas


Oportunidades desperdiciadas
Víctor D. Corcuera Cueva

El distrito de Moche tiene el privilegio de limitar con el océano Pacifico, contener a las Huacas del Sol y de la Luna, y de ser parte de los pueblos que integra la Panamericana; ventajas que, lastimosamente, no son aprovechadas para su dinámica turística.

La erosión costera ha formado -paralelamente a la destrucción de los antiguos balnearios-  ensenadas que podrían constituirse como una potencial oferta turística. No obstante, esta fortuita oportunidad, la comuna de Moche debe comprender que para el uso social de un área natural existe un trabajo normativo detrás y, lo más importante, medir los impactos ambientales antes, y no después de su uso.

La gestión liderada por la Universidad Nacional de Trujillo ha revitalizado la Huaca de la Luna, dotándola de componentes para ser usados como palanca de desarrollo, en principio, del pueblo de Moche. Pero, por diversas razones, los turistas no visitan la Campiña de Moche y mucho menos la capital del distrito. Existe más de una estrategia para combinar la visita de la Huaca de la Luna con los pueblos mencionados, y éstas van más allá del argumento de los arbolitos de la campiña o el museo municipal de Moche.

Los excepcionales paisajes que atraviesa la Panamericana la dotan de un valor único y excepcional, la convierte en la vía ideal para viajeros en moto y camping car. Es también la vía de acceso a la ciudad de Trujillo y a las Huacas de Moche. Lamentablemente no existe ningún servicio de restauración y reposo apropiado para los ruteros.

La gestión turística del distrito de Moche debería aprovechar las ventajas turísticas heredadas y hacer de estas las bases para la construcción de un desarrollo integral.

Artículo de opinión publicado en el diario La Industria de Trujillo
Martes, 26 de noviembre de 2019

Versión en PDF: pulse aquí

martes, 24 de septiembre de 2019

Primavera gris


Primavera gris

Víctor D. Corcuera Cueva


Ayer se inició la primavera, la estación que debería representar a nuestra ciudad. Sin embargo, a causa de la pésima gestión ambiental -y no solamente por el cambio climático-, Trujillo ha dejado de ser la capital de esta emblemática estación.

Los que hemos nacido antes de la década de 1990, hemos tenido la suerte de disfrutar de una ciudad apacible, calma y, en cierto modo, limpia. Los festivales de marinera y primavera, se convertían en los eventos que todos esperábamos. En enero la gran mayoría de trujillanos acudía al Gran Chimú para alentar y deleitarse del baile, espontaneo –y no tan deportivo cómo lo es ahora- de marinera. Locales y foráneos aprovechaban para veranear en los balnearios de las Delicias, Buenos Aires y Huanchaco.

De otro lado, en setiembre, el evento mejor disfrutado era el corso primaveral. Los carros alegóricos, lejos de ser avisos publicitarios, eran el resultado de trabajos de artesanos, arquitectos y artistas. Toda la avenida España era ocupada por niños y adultos, un verdadero campo ferial que duraba un solo día. ¡Qué buenos tiempos!

La inesperada lluvia de la semana pasada nos volvió a la realidad. Una ciudad sin ordenamiento territorial con una pésima infraestructura vial y un nivel discutible de civismo por parte de su población. La invasión y proliferación de inmuebles de concreto armado indica que Trujillo es una ciudad del color del cemento y sin parques ni flores que equilibren el monótono paisaje urbano.

No obstante, esta gris realidad, el aporte de los ingenieros ambientales y paisajistas podría revertir la situación. Es tiempo que los que toman el gobierno político dejen de ver a Trujillo como su chacra, dejando a su paso una ciudad saqueada y erosionada. ¡Basta!

Artículo de opinión publicado en el diario La Industria de Trujillo.
Martes, 24 de setiembre de 2019.

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MORTEM